Héctor Tizón

El último tren a Jujuy

En este país sólo un hombre que va para viejo puede recordar el tiempo aquel cuando pertenecíamos al Primer Mundo. En estas crueles provincias, según se sabe, hay atavismos rebeldes: la gente tarda un tiempo cultural considerable en olvidar el discurso de los políticos y de allí que los sociólogos y otros maestros tiendan a considerarnos como pertenecientes a franjas conservadoras o reacias al cambio. Cuando yo era niño, significaba una prenda de orgullo saber que esta nación era la primera, en Sudamérica, por la extensión de sus líneas ferroviarias.

Ahora estamos viendo pasar, en esta tarde y en la polvorosa aldea, quizá los penúltimos trenes antes de que desaparezcan como desaparecieron las recuas de asnos y de mulas cargadas con bienes y enseres para el trueque. O las tropas indigentes de las últimas guerras de la Independencia, tan demoradas en la memoria aquí como olvidadas en Buenos Aires, esa ciudad de tenderos señoritos, como decían los viejos.

En algunas de nuestras casas, decadentes, aún se guardan papeles, cartas, memorias descriptivas, pero sería imposible avivar en estos días aquella polémica absurda de tan muerta: cuando el general Mitre, valetudinario santón de la República, concurrió al Senado para definir con su voto el trazado del ferrocarril a Bolivia por Jujuy y no por Salta, por la Quebrada de Humahuaca y no por la del Toro. Aún ahora hay viejas familias distanciadas por esta polémica, vástagos de aquellos apasionados rencores que aún no se saludan.

Mi maestro en Yala repetía y nos hacía copiar: en 1870, 700 kilómetros; en 1892, 13.000 kilómetros; en 1916, 34.000 kilómetros; en 1946, más de 40.000 kilómetros. Estos datos fueron para nosotros, los niños de estas tierras, como las contundentes estadísticas de las guerras patrias, como las lápidas queridas de los cementerios, como los documentos resquebrajados de los cofres familiares. Los grandes presidentes -Sarmiento, Mitre, Avellaneda, Roca-, tenían conciencia de la integridad de la Nación y nos habían rescatado de un oscuro destino de frontera. Ellos sabían, y ya para siempre nosotros, que todo aislamiento implicaba un principio de segregación.

Entre esos principios transcurrió mi infancia, alimentada por lo grueso del discurso político de entonces, que proclamaba que la voluntad nacional de un país se mide por la eficacia de sus transportes y comunicaciones, por la voluntad integradora de todas las regiones que componen la Nación. Me eduqué en esa creencia que ahora escucho que no me sirve para nada.

Ahora, en estos días, desde mi casa no muy lejana de las vías ferroviarias hace un siglo trazadas y trajinadas, rumbo a Bolivia, escucho un tren que pasa y pienso que será uno de los últimos. La posmodernidad ha llegado también a estas tierras.

Atravieso el flaco bosque de eucaliptos que separa el confín de mi casa y los predios ferroviarios y en el borde me quedo, junto al gaucho Demetrio Hernández, recientemente fallecido y cuya inverosímil historia podría contar en otro capítulo.

Es el atardecer, casi noche, y el tren arrastra una decena de vagones semiiluminados, lleno de indígenas trashumantes rumbo a la frontera. Yo no digo nada. El gaucho Hernández dice, sólo por decir: "Se para para nada, ya ni siquiera toma agua, como antes". Yo digo entonces, sólo para que no dure el silencio: "Dicen que ya no pasará". El me mira. "Por el progreso del Primer Mundo", digo. Y él dice: "He oído hablar de eso". "¿El progreso significa la muerte, don Hernández?", pregunto yo. Y él, cuando el último tren arranca, dice: "No. No significa nada".

 

de Tierras de frontera, Alfaguara, 2000

Historia de la vida privada en la Argentina (Fragmento)

Argentina, por cierto, no es México ni es Perú, ni siquiera Guatemala. Todo aquí se hizo de la nada, del vacío, del desierto y de la improvisación. Ningún edificio de este país tiene carácter arquitectónico puro. Y, como dice Enrique Banchs en su curioso libro sobre las ciudades argentinas (1910), Jujuy es la cenicienta, porque es pequeña, recatada y virtuosa. La ciudad es casi isleña -dice- con sus siete cuadras de ancho, ceñida por dos ríos. "Es tan pequeña que un anciano, haciendo su paseo matutino alrededor de ella, la da vuelta en media hora." ¿Qué hay aquí por estos años? El tiempo se ha detenido y, hasta la llegada del ferrocarril -un acontecimiento equivalente a la llegada de las tropas del primer ejército patriota, algunas décadas antes-, han ocurrido muy pocas cosas, apenas algunos nacimientos y escasas muertes, porque sus pobladores, sobre todo los de sangre francamente criolla, tienden a la longevidad.

El pulido poeta Banchs, metido a cronista viajero en el año del centenario, no ha sido condescendiente con ella. Ni siquiera se ha percatado de aquella observación de un testigo tan castrense como el general Tomás de Iriarte, cuando en sus Memorias anota que Jujuy era muy divertido y, siguiendo la opinión del cazurro Concolorcorvo, "sus mujeres son las más bizarras del Tucumán". Tales damas -se dice- eran cultas, como Anita Gorostiaga, por nombrar alguna, "que era tan bella como erudita, basta decir que hablaba el latín". Este es buen asunto para detenernos.

Estas mujeres serían seguramente descendientes de aquellas "niñas de las familias más distinguidas" que, según refiere el padre Lozano, el conquistador Juan Gregorio de Bazán, mediante gestiones ante el rey de España y el Consejo de Indias, en la segunda mitad del siglo XVI hizo venir en caravana y dio en matrimonio a sus capitanes en las provincias que formaban entonces los dominios de Córdoba del Tucumán, desde Jujuy hasta Santiago y Catamarca. Esto se hizo -dice Benjamín Villafañe, tal vez inconsciente precursor de los teóricos de la limpieza de sangre- "para evitar los males que con el tiempo había de acarrear el liso entronque de la sangre de los españoles con la del indio". De estas mujeres jujeñas aún no se ha dicho demasiado; el mismo cronista que acabamos de citar nos cuenta, por ejemplo, que una especie de precursora de Mata Hari, llamada Juana Moro de López, seducía con sus encantos, "sin perder la dignidad". El jefe de la caballería realista huyó en pos de ella, al comienzo de la batalla de Salta, arrastrando con él la tropa bajo su mando. El virrey Pezuela -por mal nombre "La araña colorada"- la apresó y condenó a ser emparedada, pero se salvó por la piedad de una vecina que horadó el muro. También mencionaremos a "la Regalada" -extraño mote para ser virtuosa-, que salió de un rancho totalmente desnuda, dicen que fingiéndose loca, para entretener a una partida realista o a Juana Robles, espía patriota a quien -descubierta- pasearon por las calles montada en un asno, emplumada, la mitad del cuerpo desnuda, blanco de los insultos de la soldadesca y de la chusma que respondía a los realistas. Bravas hembras, según se colige.
de Historia de la vida privada en la Argentina, Alfaguara, 1999.

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