Juan José Saer

La narración - objeto (Fragmento)

Macedonio Fernández ha sido considerado, en la literatura argentina, como un marginal. Durante su larga vida, sus oyentes podían contarse con los dedos de una mano. Y es correcto decir oyentes, porque hace unos años escuché, de los labios mismos de Borges, la confesión compungida de que el primer libro de Macedonio había decepcionado a sus discípulos. Macedonio sería mejor conversador que escritor. Su talento sería, como el de Sócrates, puramente oral.

Sin embargo, Macedonio ha dejado, por escrito, un monumento teórico único en lengua española, por no decir en la literatura moderna. Si la literatura argentina puede pretender a la universalidad, una de sus pocas posibilidades se encuentra en el Museo de la novela de la eterna. Creo que es la única novela abstracta que conozco. Borges, que tanto despotrica contra la vanguardia, hubiese debido leer con más atención las obras de su maestro. No sé por qué, me hace sentir orgullosamente feliz que esa novela abstracta haya sido escrita por Macedonio. Como tantos otros de sus textos, el Museo... vuelve anticipadamente anacrónica mucha literatura narrativa, aun escrita por sus epígonos, entre los que me atrevo a contarme.

La etiqueta de marginal aplicada a Macedonio -o a cualquier otro- tiene la virtud sospechosa de ser útil únicamente para los que se la estampan. Calificándolo de marginal, anulan la obligación de tener en cuenta sus escritos. La tradición está hecha en su mayor parte por marginales, sobre todo en la época moderna, de modo que habría que exigir, cortésmente desde luego, a quienes emplean ese concepto, una descripción un poco más precisa de ese misterioso centro respecto del cual Macedonio sería un escritor marginal. Kafka era un marginal; Sade era un marginal; Faulkner lo fue durante mucho tiempo; Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Lautréamont, Poe, Melville, Svevo, Gadda, Musil, Pessoa, Artaud, Lowry, Felisberto Hernández, Vallejo, Benjamin, Celan, Beckett, entre muchos otros. En la Argentina, Juan L. Ortiz y Antonio Di Benedetto son marginales. Al escriba obediente, al comerciante con pretensiones vanguardistas o supuesta representatividad social, el marginal le resulta útil, ya que la atipicidad de su arte, opuesta en todo a los meros productos ideológicos o industriales, sería el resultado de su extravagancia, y por lo tanto su experiencia artística, consecuencia de la excentricidad de su persona, y de lo excepcional de su situación, no sería universalizable. Es obvio que se trata de un puro sofisma, ya que se ha observado mil veces que es la extrema singularidad de la obra de arte lo que la hace universal y explica el hecho de que la gran tradición de Occidente, sobre todo en la época moderna, esté compuesta casi exclusivamente de marginales. 

El saber de Borges es una herencia problemática. Su origen es incierto: ¿es enciclopédico o se alimenta, condensado, de enciclopedias? Algo hay que es seguro: su erudición es dudosa -lo cual, lejos de ser un defecto, en un artista sería más bien una virtud. Se trataría, en su caso, de una temática recurrente, casi cíclica, que le sirve para metaforizar, una y otra vez, sus propias intuiciones: el laberinto, por ejemplo, presentado como dato cultural es, en realidad, en su proyección lírica, un modo de representarse la objetividad. La impresión de que Borges lo ha leído todo se desvanece después de relecturas sucesivas: se diría que sus mecanismos de apropiación dejan de funcionar, cuando mucho, alrededor de 1940.

No hay que pedirle peras al olmo (si el olmo no afecta darlas). Nadie se plantearía estos problemas con Vallejo, Rulfo o Felisberto Hernández. Pero la crítica literaria que brega por consolidar las instituciones -guardianes de cementerios según Sartre- ha hecho de Borges una institución y de su saber un coto de caza: los mortales, inmersos en la arena movediza de la contingencia, tienen, a estar con los decretos de esa policía, la entrada prohibida. Las mil y una noches, el Simurg, Kafka, De Quincey, Stevenson, etcétera: no tocar. La obra de Borges no es ajena a esta conspiración: su sapiencia explícita paraliza a sus críticos. Para esta horda de profesores, Borges representa no solamente la literatura sino el horizonte cultural entero. La visión pequeñoburguesa del saber como una adquisición y como un poder encuentra en este complejo (como quien diría, otra vez, complejo urbano) su expresión más perfecta. Los ricos son los propietarios indiscutibles de la riqueza y han sido ricos siempre; no se trata de un hecho histórico, sujeto al vaivén de la contingencia, sino de un absoluto ontológico, casi metafísico. El caso es semejante al del pretendido derecho que se autoatribuye la monarquía, sus fundamentos son indiscutibles y eternos. Importa poco que De Quincey, Stevenson, Kafka, etcétera, se vendan en el mundo en ediciones de bolsillo, que se trate de escritores universalmente conocidos: si algún otro autor argentino, contemporáneo de Borges, hablase con ellos, la jauría de críticos se le echaría encima: en los campos de Borges, la caza está prohibida.

Es sabido que Borges es el espantapájaros cultural que blanden en la Argentina los pistoleros iletrados que usurpan el poder. La explicación sería esta vez, y por qué no, de índole histórica y sociológica: el saber de Borges sería una consecuencia, en la dimensión imaginaria, del modelo de apropiación de la riqueza que se arrogan los grupos que en Argentina manejan la economía; el tabú de la cultura borgeana es la persistencia simbólica de una falsificación histórica. A Borges se lo estima no por su intemperie lírica o sus intuiciones metafísicas sino por la opulencia de su saber. Se pretende que se tenga, ante sus conocimientos, el mismo respeto temeroso que los verdugos transformados en gobernantes nos quieren inculcar respecto de la propiedad privada y de los dividendos de sociedades anónimas que reposan sobre el cimiento de treinta mil muertos. ("Whose world, or mine or theirs or is it of none?" "¿De quién es el mundo, mío o de ellos o de nadie?", Ezra Pound, Canto LXXXI) (1979).
de La narración - objeto. Seix Barral, 1999. 202 páginas.

La conferencia

El conferenciante entró jovial. Era en uno de los salones de la Real Academia de Ciencias de Bruselas y, si mis recuerdos no me engañan, iba a tratar el problema de los métodos de verificación de una suma: el conferenciante descartaba a priori la verificación estadística (por x número de personas) y la convicción subjetiva y de buena fe sobre el resultado. Pero tal vez se trataba más bien de lo contrario. Se sentó, desplegó sobre la mesa las hojas de una carpeta y, antes de comenzar a desarrollar su tema, contempló durante unos segundos la jarra transparente, sonrió como para sí mismo, y dijo: o acostumbro a dormir la siesta antes de dictar una conferencia, para tranquilizarme, porque la obligación de hablar en público me pone siempre muy nervioso. Así que hace una hora tuve un sueño. Tres personas diferentes fotografiaban rinocerontes. Eran tres imágenes sucesivas, pero el método que empleaban para sacar la fotografía era el mismo: se internaban en el río hasta la cintura, y fotografiaban de esa manera al rinoceronte, que se encontraba a unos metros de distancia, en el agua. Se trataba de rinocerontes, no de hipopótamos. El último de los fotógrafos era un poeta amigo mío (al que no conozco personalmente). Era mi amigo en el sueño. Este poeta, de fama universal, me explicaba en detalle el procedimiento que se emplea habitualmente para fotografiar rinocerontes. Y, en nombre de nuestra vieja amistad, me regalaba la fotografía que acababa de sacar.

El conferenciante hizo silencio y recogió de entre sus papeles un rectángulo coloreado. Después, antes de comenzar la disertación propiamente dicha, concluyó su relato: Tal vez ustedes crean que este sueño que acabo de contarles es pura invención. Y bien, estimados oyentes, se equivocan. Aquí tengo la prueba, dijo, y alzó la mano mostrando al público la fotografía en colores de un rinoceronte en un río africano, todavía húmeda, a causa sin duda de la proximidad del agua o del reciente revelado.
de Lugar. Seix Barral, 2000.

De un fin de semana

En una ciudad del Middle West, en América del Norte (Estados Unidos), la policía descubrió, un lunes a la mañana, los cadáveres de un matrimonio joven en una casa burguesa del barrio residencial. Los miembros de la Brigada de Homicidios, con la ayuda de los "supergenios del laboratorio", como solían llamarlos en su jerga intralaboral, no tardaron en reconstituir los hechos: la esposa había ido a pasar el fin de semana a la casa de sus padres, a unos cien kilómetros al norte de la ciudad, y al volver el domingo a la noche, sin darle ni siquiera tiempo de descargar el auto, el marido le infligió diecinueve puñaladas con un cuchillo de cocina, y después subió a ahorcarse en el desván. Pero si los indicios eran elocuentes el motivo, en cambio, parecía inexplicable.

Amigos, parientes, compañeros de trabajo y vecinos, horrorizados por la tragedia, coincidían con energía en un único punto: casados desde hacía siete años, los esposos se llevaban muy bien, y mucho más aún, seguían tan enamorados como el día en que se habían conocido. Representaban para todos la pareja modelo. Habían franqueado no hacía mucho la treintena y eran hermosos, inteligentes y, desde un punto de vista profesional, estaban en pleno ascenso: ella dirigía una agencia bancaria relativamente importante, y él era ejecutivo en una empresa de computadoras. Si no habían tenido hijos hasta ese momento, era porque habían querido obtener primero cierta independencia económica y profesional pero, justamente (dos o tres amigas íntimas de la mujer lo sabían), desde hacía un par de meses habían decidido por fin tenerlos, y la esposa había abandonado los anticonceptivos. Les gustaban los viajes, el deporte, los productos de marca, la buena mesa. Eran rubios, sanos, esbeltos, amantes de la música, clásica y popular. Esa imagen paradigmática de felicidad inculcó a los que los conocían y los apreciaban la tesis del doble asesinato, pero las conclusiones de "los supergenios del laboratorio" fueron inapelables: con un cuchillo de cocina, el marido había como se dice cosido a puñaladas a su mujer, y después había subido al desván poco menos que corriendo para colgarse de un travesaño. Pero aunque los hechos eran claros seguían faltando, como mascullaba el inspector Queen, que estaba a cargo de la pesquisa, "las putas razones".

Cuando el médico forense y los diferentes expertos en indicios materiales redactaron sus conclusiones, el inspector consultó a tres psiquiatras que después de estudiar el caso en detalle, sacaron por separado la misma conclusión, expresada en términos tan idénticos que Queen llegó a preguntarse si los psiquiatras, de los que cada uno ignoraba que los otros dos habían sido consultados, no se habían puesto de acuerdo a sus espaldas. Pero no había ocurrido nada de eso: los tres dictaminaron un caso de demencia repentina, motivada según ellos por el hecho de que, al encontrarse solo durante un fin de semana, el marido, habituado al apoyo emocional de su mujer, había perdido de golpe el sentido de la realidad, y con él las referencias identificatorias, sociales, afectivas, morales, etcétera. Ese fenómeno psíquico era según los psiquiatras más frecuente de lo que la gente se imaginaba. El hombre no había matado a su mujer ni se había ahorcado a sí mismo, simplemente porque las nociones de "matar", "mujer", "sí mismo", habían sido barridas de sus representaciones, dejando al desaparecer del lugar que ocupaban una especie de agujero blanco y árido, igual que un pozo de cal viva. Una coincidencia tan asombrosa en los tres informes convenció de inmediato al inspector de que "las putas razones" eran justamente que nos las había, de modo que un mes más tarde el caso estaba archivado.

Ahora que policías, psiquiatras y hasta amigos y parientes se han olvidado de lo ocurrido, se podría tal vez tratar de explicar cómo ocurrieron los hechos. En realidad, varias coincidencias asombrosas originaron el drama. Cuando la esposa se fue, el viernes a la noche, el marido se quedó tranquilamente en su casa, esperando que su mujer lo llamara para asegurarle de que había llegado sin problemas a lo de sus padres, porque los viernes a la noche hay demasiados autos en la ruta, y los accidentes son por desgracia demasiado frecuentes. El marido se sirvió un bourbon (tomaba con moderación) y se instaló frente al televisor a mirar la retransmisión de un partido de béisbol. Cuando la mujer lo llamó, se fue a la cama y, recogiendo de sobre la mesa de luz un libro voluminoso que arrastraba desde hacía meses y que eran las memorias de un ex presidente, de las que no sabía bien si le interesaban o lo aburrían, leyó un rato hasta que se durmió. Tuvo un sueño confuso y atravesado de sobresaltos sensuales, del que se olvidó por completo al despertarse a la mañana siguiente. Antes del desayuno corrió una hora y trabajó un poco, tomando algunas notas para la reunión de los lunes por la mañana con los otros ejecutivos de la empresa. A la hora del almuerzo llamó a la casa de los suegros para hablar con su mujer, de modo que los suegros confirmaron a la policía que hasta ese momento todo parecía normal. Para la policía el misterio empezaba a partir del sábado a la tarde, y fue imposible reconstituir las actividades del marido desde el mediodía del sábado hasta el momento del crimen, el domingo por la noche.

Aunque parezca increíble, las cosas sucedieron de la siguiente manera: como consecuencia del sueño olvidado, el marido, al atardecer, empezó a sentir una ligera excitación sexual. A la noche fue a comer solo a un restaurante francés del centro que acababan de inaugurar, y al que iba por primera vez, donde no lo conocían, y como fue sin reservar y pagó en efectivo, y no se encontró con ningún conocido, no dejó ninguna huella de su paso. A la salida, como la excitación aumentaba, decidió, con una sonrisita interior condescendiente para consigo mismo, ir a los barrios turbios en busca de algún estímulo suplementario. Iba sin proyecto definido, porque las relaciones con su mujer lo satisfacían plenamente, o por lo menos así lo creía, de modo que había no poca ironía y gratuidad en su comportamiento, que justificaba diciéndose que estaba yendo de un modo vago a la pesca de otra cosa, sin saber con exactitud qué. Indiferente a las prostitutas que lo llamaban, aterrizó por fin en un sex shop y, después de pasear un rato entre las estanterías y los mostradores abarrotados de objetos, de casetes, de libros y de revistas, sacó al azar un viejo video que estaba en una canasta de saldos y se lo llevó a su casa para verlo con tranquilidad desde la cama. Tenía también la intención, para que se divirtieran un poco, de mostrárselo a su mujer la noche siguiente, cuando ella volviese de lo de sus padres. De modo que cuando llegó a su casa se lavó los dientes, tomó un gran vaso de agua fresca y se metió en la cama a mirar el casete.

Ahí fue donde se pusieron de manifiesto todas esas coincidencias asombrosas. Unos meses antes de conocerlo, su mujer había pasado una temporada en Los Angeles, buscando trabajo para terminar de pagar sus estudios, sin mucho resultado. Cuando las cosas se volvieron demasiado difíciles, una amiga la convenció de trabajar como call-girl, con clientes de mucho dinero que buscaban acompañantes hermosas, jóvenes, y con lo que ellos consideraban que era cierta cultura, para fines de semana en hoteles de lujo en Las Vegas, en Nueva York, e incluso en Méjico City. Uno de sus clientes, que era productor de películas pornográficas, le propuso actuar en una, asegurándole que sus películas eran para distribución exclusiva en Extremo Oriente, y prometiéndole que jamás sería exhibida en los Estados Unidos. Como le proponían una suma importante, la muchacha aceptó y el productor cumplió su promesa, pero, unos años más tarde, un negociante tailandés, que compraba por kilo los saldos de los negocios en quiebra, exportó una partida a los Estados Unidos. Entre los seis mil casetes que mandó, había un solo ejemplar, que alguien había puesto en un cajón equivocado, del filme en el que intervenía la muchacha, y ese ejemplar fue el que, pescándolo a ciegas del canasto, compró el marido la noche del sábado. Hay que aclarar que, después de actuar en ese único filme, la mujer se retiró de su oficio de call-girl, y, al mismo tiempo que terminaba sus estudios comerciales, consiguió empleo en un banco.

Echado en la cama, con su vaso de agua fresca en una mano, el comando a distancia en la otra y una sonrisa irónica en los labios, alrededor de medianoche, el hombre empezó a mirar el filme. A los pocos minutos ya había encontrado, como había estado diciéndoselo irónicamente a sí mismo unas horas antes, "otra cosa". Durante toda la noche pasó y repasó el casete, viendo a su mujer en compañía de otras mujeres, de un hombre, de varios hombres. Todavía despierto al alba miró infinidad de veces las mismas imágenes hasta que, exhausto de incredulidad, de sufrimiento y de asco, terminó por dormir un par de horas. A eso de las diez de la mañana tiró el casete al tarro de la basura y, empujado por la costumbre, cumplió con media hora de gimnasia enérgica y abstraída. Se dio una ducha y fue a almorzar a un Mc Donalds un big mac, una porción de papas fritas y dos coca colas. A la tarde se entretuvo mirando por el cable la difusión diferida de la semifinal de Wimbledon. A las seis y media afiló el cuchillo grande de la cocina y preparó el nudo corredizo con el que pensaba ahorcarse. A las nueve y diez, cuando oyó que su mujer estacionaba el coche en la entrada del garage, sabiendo que como de costumbre entraría por el patio trasero, fue a esperarla a la cocina y cuando ella estuvo dentro, en silencio, sin darle ni pedirle explicaciones, la mató a puñaladas. Después subió las escaleras casi corriendo y se colgó, no sin trabajo, de un travesaño en el desván. Esa misma noche los basureros se llevaron el casete que, debemos repetirlo, era el único ejemplar que había vuelto a los Estados Unidos y, sin siquiera sospechar su existencia, lo hicieron desaparecer para siempre de la faz de la tierra.
de Lugar. Seix Barral, 2000..

Verde y Negro

a Raúl Beceyro 

Palabra de honor, no la había visto en la perra vida. Eran ya como la una y media de la mañana, en pleno enero, y como el Gallego cierra el café a la una en punto, sea invierno o verano, yo me iba para mi casa, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, caminando despacio y silbando bajito bajo los árboles. Era sábado, y al otro día no laburaba. La mina arrimó el Falcon al cordón de la vereda y empezó a andar a la par mía, en segunda. Cómo habré ido de distraído que anduvimos así cosa de treinta metros y ella tuvo que frenar y llamarme en voz alta para que me diera vuelta. Lo primero que se me cruzó por la cabeza era que se había confundido, así que me quedé parado en medio de la vereda y ella tuvo que volverme a llamar. No sé qué cara habré puesto, pero ella se reía.
-¿A mí, señora? -le digo, arrimándome.
-Sí -dice ella-. ¿No sabe dónde se puede comprar un paquete de americanos?
Se había inclinado sobre la ventanilla, pero yo no podía verla bien debido a la sombra de los árboles. Los ojos le echaban unas chispas amarillas, como los de un gato; se reía tanto que pensé que había alguno con ella en el auto y estaban tratando de agarrarme para la farra. Me incliné.
-¿Americanos? ¿Cigarrillos americanos?
-Sí -dijo la mina. Por la voz, le di unos treinta años.
El Gallego sabe tener importados de contrabando, una o dos cajas guardadas en el dormitorio. Si uno de nosotros se quiere tirar una cana al aire, se lo dice y el Gallego le contesta en voz baja que vuelva a los quince minutos.
-De aquí a tres cuadras hay un bar -le dije-. Sabe tener de vez en cuando. Tiene que ir hasta Crespo y la Avenida. ¿Conoce?
-Más o menos -dijo.
Me preguntó si estaba muy apurado y si quería acompañarla. "Zápate, pensé; una jovata alzada que quiere cargarme en el coche para tirarse conmigo en una zanja cualquiera" . El corazón me empezó a golpear fuerte dentro del pecho. Pero después pensé que si por casualidad el Gallego no había cerrado todavía y me veía aparecer con semejante mina en un bote como el que manejaba, bajándome a comprar cigarrillos americanos, todo el barrio iba a decir al otro día que yo estaba dándome a la mala vida y que estaba por dejar de laburar para hacerme cafisio. Para colmo, en verano las viejas son capaces de amanecer sentadas en la vereda.
-Ya debe de estar cerrado -le dije, y no sé en qué otra parte puede haber.
La mina me tuteó de golpe.
-¿Tenés miedo? -dijo, riéndose.
Encendió la luz de adentro del coche.
-¿No ves que estoy sola? -dijo.
Mi viejo era del sur de Italia, y los muchachos me cargan en cuestión minas, porque dicen que yo, aparte de laburar y amarrocar para casarme, no pienso en otra cosa. Dicen que los que venimos de sicilianos tenemos la sangre caliente. No sé si será verdad, y no pude ver mi propia cara, pero por la risa de ella me di cuenta de que con uno solo de los muchachos que hubiese estado presente, en lo del Gallego me habrían agarrado de punto para toda la vida. Era rubia y tostada y llena por todas partes, que parecía una estrella de cine. "No me lo van a creer", pensé. "No me lo van a creer cuando se los cuente". Sentí calor en los brazos, en las piernas y en el estómago. Tragué saliva y me incliné más y ella me dio lugar para que me apoyara en el marco de la ventanilla. Tenía un vestido verde ajustado y alzado tan arriba de las rodillas, seguro que para manejar más cómoda, que poco más y le veo hasta el apellido. ¡Hay que ver cómo son las minas de ahora! ¡Y pensar que la hermana de uno es capaz de andar en semejante pomada, y uno ni siquiera enterarse!
-No -le dije-, qué voy a tener miedo. ¿Miedo de qué?
-Y, no sé -dijo ella-. Como no querés acompañarme...
A las minas hay que hacerlas desear; cuando uno más se hace el desentendido, a ellas más les gusta la pierna, sobre todo si se avivan de que uno es piola. Ahí no más la traté de vos.
-¿Acompañarte adónde? -le dije.
-No te hagás el gil -me dijo ella, sonriendo. Después se puso seria-. Ando buscando gente para ir a una fiesta.
Cosa curiosa: se reía con la mitad de la cara, con la boca nada más, porque los ojos amarillos no parecían ni verme cuando se topaban conmigo.
-No estoy vestido -le dije.
Ahí sí me miró fijo, a los ojos.
-Subí -me dijo.
Abrí la puerta, despacio, mirándola; ella se corrió al volante, y yo me senté sobre el tapizado rojo protegido con una funda de nailon. Pensé que ver la vida desde un bote así, siempre, es algo que debe reconciliarlo a uno con todo: con la mala sangre del laburo, los gobiernos de porquería y lo traicionera que es la mujer. Le puse la mano sobre la gamba mientras lo pensaba: tenía la carne dura, caliente, musculosa, y yo sentía los músculos contraerse cuando apretaba el acelerador. "No me lo van a creer cuando se los cuente", pensé, y como vi que la mina me daba calce me apreté contra ella y le puse la mano en el hombro.
-¿Dónde es la fiesta? -le pregunté.
-En mi casa -dijo vigilando el camino, sin mirarme.
Doblamos en la primera esquina y empezamos a correr en dirección a la Avenida. Dejamos atrás las calles oscuras y arboladas, y a las dos cuadras nos topamos con la Avenida iluminada con la luz blanca de las lámparas a gas de mercurio. Había bailes por todas partes, se ve, porque los coches corrían en todas direcciones y mucha gente bien vestida andaba en grupos por las veredas, hombres de traje azul o blanco o en mangas de camisa, y mujeres con vestidos floreados. De golpe me acordé que en Gimnasia y Esgrima estaban D'Arienzo y Varela-Varelita, y por un momento me dio bronca que se me hubiese pasado, pero cuando sentí la gamba de la mina moviéndose contra la mía para aplicar el freno, pensé: "Pobres de ellos". El Falcon entró en la Avenida y empezó a correr hacia el norte.
-Separáte un poco hasta que pasemos la Avenida -me dijo la mina.
Ibamos a noventa por la Avenida por lo menos. Se ve que a la mina le gustaba correr, cosa que no me gustó ni medio, porque había mucho tráfico a esa hora, y la Avenida no es para levantar tanta velocidad. Cuando la Avenida se acabó, doblamos por una calle oscura, llena de árboles, y la mina aminoró la marcha, para cuidar los elásticos por cuestión del empedrado. Yo volví a juntarme con ella y ella se rió. Se dejó besar el cuello y me pidió un cigarrillo.
-Fumo negros -le dije.
-No importa -dijo ella.
Le puse el Particular con filtro en los labios y se lo encendí con la carucita. La llama le iluminó los ojos amarillos, que miraban fija la calle adelante, como si no la vieran. La luz de los faros hacía brillar las hojas de los paraísos. No se veía un alma por la zona. Cuando le toqué otra vez la pierna me pareció demasiado dura, como si fuera de piedra maciza, y ya no estaba caliente. No voy a decir que estaba fría, la verdad, pero le noté algo raro. A la mitad de la cuadra, en la calle oscura, aplicó los frenos y paró el coche al lado del cordón. La casa era chiquita y el frente bastante parecido al de mi casa, con una ventana a cada lado de la puerta. De una de las ventanas salían unos listones de luz a través de las persianas que apenas se alcanzaban a distinguir. La mina apagó todas las luces del auto y se echó contra el respaldar del asiento, suspirando y dándole dos o tres pitadas al cigarrillo. Después tiró el pucho a la vereda.
-Llegamos -dijo.
A mí me la iba hacer tragar, de que con semejante bote iba a vivir ahí. Era un bulín, clavado, pero no se lo dije, porque me fui al bofe en seguida, y ella me dejó hacer. Estuvimos como cinco minutos a los manotazos, y me dejó cancha libre; pero no sé, había algo que no funcionaba, me daba la impresión de que con todo, ella seguía mirando la calle por arriba de mi cabeza con sus ojos amarillos. Después me acarició y me dijo despacito:
-Vení, vamos a bajar. No hagás ruido.
Bajamos, y ella cerró la puerta sin hacer ruido. La puerta de calle del bulín estaba sin llave y el umbral estaba negro, no se veía nada. Al fondo nomás se alcanzaba a distinguir una lucecita, reflejo de la luz encendida de alguno de los cuartos, la que se veía desde la calle, seguro. Por un momento tuve miedo de que estuviera esperándome alguno para amasijarme, pero después pensé que una mina que aparecía en un Falcon no podía traer malas intenciones. En seguida se me borraron los pensamientos, porque la cosa me agarró la mano, se apoyó en la pared y me apretó contra ella, cerrando la puerta de calle. Me empezó a pedir que le dijera cosas, y yo le dije "corazón", o "tesoro", o algo así; pero ella me dijo con una especie de furia, sacudiendo la cabeza, que no era eso lo que quería escuchar, sino algo diferente. Era feo lo que quería, la verdad; para qué vamos a decir una cosa por otra. Y cuando empecé a decírselas -uno pierde la cabeza en esos casos, queda como ciego y hace lo que le piden- me pidió que se las dijera más fuerte. Yo estaba casi gritándoselas cuando ella dejó de escucharme, me agarró de la manga de la camisa y caminando rápido, casi corriendo, me arrastró hasta el dormitorio, que era la pieza que estaba con la luz encendida. No había más que la cama de dos plazas y una silla. Me dio la impresión de que no había un mueble más en toda la casa. Con ese coche, y un bulín tan desprovisto. Pensé que no le interesaba más que la cama y una silla cualquiera para dejar la ropa.
Se desnudó rápido, y yo también. Nos metimos en la cama. Al inclinarme sobre la mina pensé que si no la hubiese encontrado en la vereda de mi barrio, en ese momento estaría durmiendo en mi cama, hecho una piedra, como muerto, porque yo nunca sueño. Quién la había hecho doblar por esa esquina, y quién me había hecho a mí ir al bar del Gallego, y quién me había hecho retirarme a la hora que me retiré para que ella me encontrara caminando despacio bajo los árboles, es algo que siempre pienso y nunca digo, para que no me tomen para la farra. Ahí nomás me le afirmé y empecé a serruchar y ella me fue respondiendo con todo, cada vez más. Las minas se ablandan a medida que el asunto empieza a avanzar; tienen varias marchas, como el Falcon: pasan de la primera a la segunda, y después a la tercera, y hasta a la cuarta, para la marcha de carretera. Uno, en cambio, se larga en primera y a toda velocidad, y a la mitad del camino queda fundido. Algo siguió funcionando dentro de ella después que yo terminé, porque todo el cuerpo se le puso duro y áspero como un tablón de madera y cerró los ojos, y agarrándome los hombros me apretó tan fuerte que al otro día cuando desperté en mi casa todavía sentía un ardor, y mirándome en el espejo vi que tenía todo colorado. Después la mina se aflojó y se puso a llorar bajito. Lloró sin decir palabra durante un rato y después empezó a hablar. "Siempre lo mismo", pensé. "Primero te hacen hacer cualquier locura, y después que te sacaron el jugo como a una naranja, se ponen a llorar".
-¿Qué me hacés hacer? -dijo la mina, llorando bajito- . ¿Hasta cuándo vamos a seguir haciéndolo? ¿Todo esto en nombre del amor? ¿Para no separarnos? Es insoportable .
Lloraba y sacudía la cabeza contra la almohada húmeda. Insoportable. Insoportable -decía, mirando siempre fijo por encima de mi cabeza con sus ojos amarillos.
Yo no le dije nada, porque si uno se pone a discutir con una mina en esa situación, seguro que la mina termina cargándole el muerto. "Me he hecho llamar puta para vos en el umbral", dijo la mina. Ahí empezó a pegar un alarido que cortó por la mitad, como si se ahogara, y siguió llorando. No tuve tiempo de pensar nada, y no por falta de voluntad, porque en el momento en que la mina dijo eso y trató de pegar el alarido, ya había empezado a trabajarme el balero y a hacerme sentir que esa mirada amarilla que la mina no parecía fijar en ninguna parte, había estado siempre fija en algo que nadie más que ella veía; tanto me trabajó el balero que estuve a punto de pensar que yo no era más que la sombra de lo que ella veía. Pero el llanto del tipo sonó atrás mío antes de que yo empezara a carburar, y ése fue el momento en que salté de la cama, desnudo como estaba: justo cuando sonó su voz, entorpecida por el llanto.
-Dios mío. Dios mío -dijo.
Estaba parado en la puerta del dormitorio, en pantalón y camisa. Se tapaba la cara con la mano, y no paraba de llorar. Pensé que era el macho o el marido y que nos había pescado con las manos en la masa, y me vi fiambre. Pero ni se fijó en mí. La mina estaba desnuda sobre la cama y lloraba mirándolo al punto que seguía con la cara tapada con la mano y no paraba de llorar. Si antes yo había sentido que era como una sombra, ahora sentía que ni eso era. "Dios mío. Dios mío", era todo lo que decía el tipo. Y la mina lo miraba fijamente y lloraba sin hablar. Cuando terminé de vestirme me acerqué a la cama.
-Señora -dije-.
La mina ni me miró. Tenía los ojos amarillos clavados en el tipo y pareció no escucharme.
-¿Estás satisfecho? -dijo-. ¿Estás satisfecho?
-Amor mío -dijo el tipo, sin sacarse la mano de la cara.
Salí abrochándome el cinto y tuve que ponerme de costado para pasar por la puerta, porque el tipo ni se movió. Tenía una camisa blanca desabrochada hasta más abajo del pecho y se le veía la piel tostada. Se notaba a la legua que estaba quedándole poco pelo en la cabeza, porque eso que la mano dejaba ver encima de las cejas medias levantadas, era más alto que una frente. Parecía recién bañado, por el olor que le sentí. Para mí que había estado todo el día al sol, en el río, tanta fue la sensación de salud que me dio cuando pasé al lado de él.
Atravesé el umbral negro y salí a la calle. El Falcon estaba ahí, con las luces apagadas. Me paré un momento delante de las rayitas de luz que se colaban a la calle, y arrimando el oído a la persiana del dormitorio los oí llorar. Traté de espiar por las rendijas de la ventana, pero no vi una papa. Solamente escuché otra vez la voz de la mina, diciendo esta vez ella "Amor mío" y después cómo lloraban los dos, y después nada más. Me paré recién un par de cuadras más adelante, porque empezó a fallarme la carucita, y aunque no había viento me tuve que arrimar a la pared para poder encender el Particular con filtro que me temblaba apenas en los labios . Con el primer chorro de humo seguí caminando bajo los árboles oscuros, pero ni silbé nada, ni me puse las manos en los bolsillos del pantalón. Tenía la espalda pegada a la camisa, que estaba hecha sopa. Cuando tiré el Particular con filtro y encendí el otro, sobre el pucho, la carucita no me falló, y llegué a la Avenida. Pensé en el bar del Gallego y en los muchachos, y en la cara que hubiesen puesto si se me hubiese dado por contárselo. Había menos gente en la Avenida, pero seguro que al terminar todos los bailes las calles iban a llenarse otra vez . Miré y vi que estaba lejos del barrio, y sintiendo en la cara un aire fresco que estaba empezando a correr, me apuré un poco, cosa de no perder el último colectivo.

de Unidad de lugar. Galerna, 1967.

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