Elsa Bornemann

Verde

En Japón. En un barrio céntrico de Kyoto, esa milenaria ciudad sembrada con bellísimos templos y rodeada de montañas y serranías. Con sus padres y sus hermanas mayores vivía él. "¿El"? ¿Quién? Pues Kenyi Tanaka, un muchachito de trece años que no sólo se destacaba por sus queribles características de personalidad sino, también, a causa de su talento para sacar fotos. Por eso, a pesar de compartir casi todas sus horas libres con sus amigos, siempre se reservaba algunas de los domingos para disfrutarlas en soledad.
Mejor dicho, no en total soledad, porque, invariablemente, las pasaba en compañía de su cámara fotográfica, una ultra moderna que le habían regalado los abuelos. Y enamorado de la naturaleza como estaba desde chiquito, cielo, luna, arroyos, animales y árboles, principalmente, concitaban su atención, para atesorarlos en fotos una vez revelados los rollos. Los álbumes fotográficos de Kenyi merecían un espacio, muy amorosamente ganado, en la biblioteca familiar.

A los adultos les sorprendía, sobre todo, su sensibilidad para pasear la mirada sobre los paisajes y captar la conmovedora hermosura de los árboles. Sus papás le daban permiso para que -cuando él lo pedía- fuera a vagabundear por las sierras cercanas, donde el imperio de la arboladura era indiscutible. En esos parajes, las viviendas eran muy escasas y largamente distanciadas unas de otras. Y hacia allí se dirigía Kenyi ciertas mañanas domingueras, para satisfacer su más hondo deseo: retratar árboles.


Faltaba poco para que aquel verano japonés llegara a su fin, cuando el muchacho salió de mochila al hombro y una capa impermeable, por las dudas esa nubosa mañanita se descolgara en un chaparrón.

Más tarde y a punto de acabar su rollo fotográfico, Kenyi divisó -entre la espesura vegetal en la que se encontraba- tres sauces que lo emocionaron. Próximos a un arroyo se erguían. Uno, muy alto y fornido. El segundo, de mediana longitud comparado con el primero. El número tres, bajito; de seguro contaba con escaso tiempo de plantado.

De inmediato, Kenyi se apresuró a acercarse a ellos y -después de acariciar sus troncos y aspirar su aroma- les tomó una fotografía: la última de ese domingo.

Repentinamente, el cielo se oscureció, teñido por nubarrones. Los truenos lanzaron sus ruidosas protestas. Enseguida, un ensordecedor concierto celestial, bautizado con lluvia. Sin embargo -como le encantaban las tormentas- el chico se fascinó con ese inesperado diluvio. Se dejó empapar, con la vista fija en los tres sauces, borroneados tras el agua. Lamentó haber gastado el rollo de fotos... Recién comenzó a preocuparse cuando los minutos se sumaban y lo que él había supuesto un fugaz chubasco se intensificó. Entonces comenzó a andar, tratando de ubicar la ruta que lo había conducido hacia esa zona boscosa.

El viento soplaba -ahora con una fuerza inusitada. La temperatura había descendido bastante. Kenyi empezó a temblar de frío. Ya casi no divisaba más de dos metros a la redonda, cuando tropezó con unas raíces y cayó de bruces.

Su mano izquierda se hirió, al chocar contra unas piedras. Decidió, entonces, retornar sobre sus pasos y buscar el amparo de los tres sauces a los que había fotografiado.

Los relámpagos se sucedían con alarmante frecuencia. Pero fue gracias a la luz de uno de ellos, que centelleó breve, como Kenyi vio que -un trecho más allá de los sauces a los que había encontrado de nuevo- se levantaba una choza.

Ligerito, bordeó con cuidado parte del arroyo y llegó a su ruinosa puerta de madera.

Golpeó.

Una anciana, de apariencia tan pobre como la choza, le abrió y lo invitó a entrar, compadecida por el estado en que se hallaba el jovencito. -¡Oh!- exclamó al enfrentárselo. - ¡Adelante, caballerito! ¡Se va a congelar si permanece afuera! ¿Qué le pasó en la mano? ¡Vamos; adentro, hijo!

Ni bien pisó el humildísimo recinto, Kenyi vio que un viejo y una niña encendían trozos de bambú en una especie de brasero.

La anciana lo empujó hacía allí, para que secara sus ropas junto al fuego.Enseguida, le limpió la herida de la mano, se la cubrió con un ungüento verde y le ofreció comida.

Entretanto, como hechizado, Kenyi se dedicó a observar a la niña. Aunque de aspecto andrajoso, de larguísimo pelo verdoso y en completo desorden -como si nunca se lo hubieran cepillado- era hermosa en extremo. ¿Cómo entender que tan encantadora criatura viviera en un lugar de miseria y aislamiento?

-Caballerito -le dijo el viejo- le aconsejo que permanezca aquí hasta que amaine la tormenta...

Kenyi reaccionó, entonces, de corazón contento. ¡Tendría la oportunidad de seguir contemplando a la niña y, acaso, se decidiera a hablarle!

De reojo, ella lo miró cuatro o cinco veces. Y cuando él aceptó prolongar su estadía allí, la jovencita se dirigió hacia atrás de unos trapos, que dividían el ambiente a modo de biombo.

Reapareció con el cabello trenzado en dos y con una bandeja, sobre la que humeaba un tazón de té que se apresuró a servirle. Dada la proximidad, Kenyi reparó en que era más linda que cualquier mujer que conocía. Incluso, más que su propia madre y sus hermanas, sentimiento que lo llenó de una pasajera culpa.

¿Y qué decir de la gracia de sus gestos?

Juntando coraje -mientras señalaba a la chica con un cabeceo- disparó su pregunta a la pareja de ancianos: -Eh... Esteee... ¿Es hija de ustedes? 

-Sí, caballerito- le respondieron, turnándose en los datos a confiarle. -Midori nació cuando ya habíamos perdido la ilusión de ser padres... Fue criada aquí; aquí creció y sólo cuenta con nosotros...Te rogamos que disculpes su torpeza... pero es tan buena... tan buena.

Midori... Ese ángel silvestre se llamaba Midori... ¿Qué nombre más adecuado? -¡Midori significa "verde" en nuestro idioma! -exclamó Kenyi, conmovido. Y la mirada que, entonces, unió sus ojos con los de la niña fue una cinta estrellada flotando entre ambos.

Tan energética como la tormenta que todavía se desataba sobre el domingo, una silenciosa corriente afectiva había comenzado a unirlos.


No bien los padres de Midori les anunciaron que se retiraban a descansar un rato tras la raída cortina, los chicos se largaron a conversar entre susurros. El le contó quién era y por qué visitaba aquellos parajes. Le confió su amor por los árboles y la entrañable atracción que le habían producido los tres sauces plantados cerca de la choza.

Ella sonrió y algunas lágrimas le cruzaron el rostro al oír esa parte del relato de Kenyi. ¿Raro, no?

De inmediato, se recompuso y le refirió la breve historia de su infancia agreste, sin demasiados detalles.

A medida que ella hablaba, Kenyi sentía como si ella lo estuviera hipnotizando con su dulce vocecita.

Entonces, comenzó a imaginar conductas a seguir con el propósito de no tener que marcharse de la choza, tan pronto se disipara la tormenta. Fue así como, cuando los padres de Midori retornaron con ellos y ya había cesado el temporal, Kenyi les mintió: -No sé cómo retomar el sendero de regreso a mi casa...Estoy confundido... ¿Serían tan amables de permitir que Midori me acompañe un trecho?

-Por supuesto, caballerito; aunque siendo una campesina tontona como es, nos abochorna un poco que sea su escolta... Pero sí, que lo acompañe hasta su casa. Su familia estará algo alarmada por su demora y los tranquilizará saber que no ha estado perdido ni solo en esta zona... Ah, que enseguida vuelva para acá. Ella sabe muy bien cómo hacerlo. Estas tierras no le guardan el mínimo secreto...

Medio desconcertado, Kenyi solamente atinó a decir que para él iba a ser una gran alegría gozar de la compañía de Midori y presentarla a sus padres y hermanas.

Y agregó: -Toda mi gratitud por la hospitalidad que me brindaron. Enseguida, se quitó un anillo con la impresión de sus iniciales, que lucía en el anular de su mano derecha, y se lo extendió al viejo. -Un recuerdo. De algún modo, quiero continuar entre ustedes. Acéptenlo, por favor.

Se lo devolvieron: -En cuanto a recordarlo, caballerito, tenga la certeza de que imborrable ha de ser, para nosotros, su paso por esta choza... Nos respetó tal cual somos y ni se quejó debido a tanta miseria. Y que Dios no permita que le ocasionemos dolor alguno...

La intriga se apoderó de Kenyi al escuchar la última oración. ¿Qué dolor podrían causarle esos seres tan extraordinarios? Pero se reservó la pregunta. Le pareció improcedente interrogarlos al respecto.


Durante el trayecto rumbo al domicilio del centro de Kyoto, los dos chicos se mostraron muy felices de estar juntos. Los últimos tramos los recorrieron de manos entrelazadas.

Ya atardecía cuando llegaron a casa de los Tanaka. Enterados de lo sucedido y superada la sorpresa de conocer a una criatura tan excepcional como Midori, los padres de Kenyi convinieron en que correspondía llevarla de vuelta en su coche. ¿Cómo no agradecer a la pareja serrana la protección que le habían dado a su hijo?

Durante el viaje, la mamá de Kenyi tuvo una idea que aceleró los latidos del muchacho. -¿Te darán autorización para quedarte con nosotros hasta que termine el verano, Midori?

Y sí, se la dieron. A partir de esa noche -y ya con la niña instalada en la casa- se inició una etapa maravillosa para los dos chicos. En realidad, se habían enamorado, si bien ninguno se resolvía a confesarlo. Pero a lo largo de la semana que Midori compartió con ellos, fue evidente para todos los Tanaka que los jovencitos estaban ligados por algo más que una simple amistad ocasional.

Kenyi le sacó innumerables fotos a su amor primero y ella lo deleitó con anécdotas de los bosques.

El último día del verano -tal como solían hacerlo durante las siestas- fueron a la glorieta del jardín de la casa. Cada uno provisto de varios álbumes de fotografías.

Singular el interés que demostraba Midori al contemplarlas. Era como si le causaran un asombro sin límites. Y Kenyi ni suponía que ella nunca había visto otras antes...

-En cuanto revele las que te tomé voy a hacerte copias... E impulsado por la pena originada en el saber que la niña se marcharía al día siguiente, el chico añadió: -Te quiero, Midori... Cuando seamos grandes nos casamos...

Justo cuando ella escuchó esta declaración, se contorsionó y dio un grito desesperante, de infinito dolor, como si un hachazo la hubiese partido al medio. Enseguida, se puso tiesa mientras su piel iba tornándose verdosa y con manchas amarronadas. Kenyi la observaba paralizado cuando, con un hilito de voz, Midori le dijo: -Yo también te quiero... Nuestro encuentro ha sido un milagro... pero nuestra relación se terminó... Están separándonos, Kenyi... Ahora mismo... Me muero... Me estoy muriendo...

Temblando de terror, el muchacho se arrodilló a sus pies y le rodeó las piernas con su abrazo, a la par que aullaba: -¿Qué te pasa, Midori; qué, qué, mi amor?

Cuando se incorporó, decidido a cargarla, un gemido rajó la garganta de la niña a la par que murmuraba: -No me alces... No... Me estoy muriendo... Perdón, Kenyi... Te oculté mi verdad... No soy un ser humano... El alma de un árbol es mi alma... La savia de un sauce es mi sangre... de ese pequeño... que viste cuando te extraviaste en la tormenta... Y alguien -en este preciso momento está aserrándome... Por eso muero... Te amo, Kenyi... Perdón... Per...

Su cuerpo comenzó a desdibujar sus formas de mujercita, transformándose, vertiginosamente, en sucesivas y extrañas apariencias que no resistían comparación alguna, hasta que se disipó en el césped por completo.

Kenyi se desmayó sobre ese espacio vacío.

Más tarde, cuando sus padres y hermanas regresaron de un paseo, lo encontraron tirado boca abajo. Lo llevaron en andas hacia el interior de la casa. Cuando recobró el conocimiento se hallaba en su habitación, casi desnudo sobre la cama. Su familia lo miraba angustiada mientras un médico colocaba cierto instrumental dentro de un maletín.

-El doctor te aplicó una inyección, tesoro... -le explicaron sus hermanas. -¿Y Midori? ¿Dónde está Midori? -exclamó Kenyi.

-Ahora, a tomar esta pastilla y a descansar, m'hijito -le ordenó el médico. Sus padres no acertaban a contestarle nada. -¡Midoooriii! -llamó, atormentado.

-Mañana charlamos, ¿sí? -le dijo su mamá, acariciándole la cabeza-. Mañana, mi querido..., y continuó acariciándolo hasta que se durmió, como efecto del sedante que el doctor le había inoculado. Pero Kenyi se despertó a la medianoche, con el pecho tamborileándole. -¡Midoooriii! -gritaba, desconsolado.

En vano su mamá trató de calmarlo. Fue recién cuando ella le reveló que la niña había desaparecido como por arte de magia, "sin siquiera despedirse, la maleducada", que el chico le contó, entonces, el horror que le había tocado presenciar.

Una vez enterada toda la familia de lo expuesto por Kenyi, no hubo uno que le creyera aunque fingieron que sí. Tuvieron que jurarle que saldrían, muy tempranito, rumbo a la choza donde vivía la nena, para conseguir que volviera a dormirse. Sin embargo, lo hizo agitado, quejándose de a ratos, lloroso. Y en ese estado viajó hacia las serranías a la mañana siguiente, en el auto conducido por su papá. Cobijado entre los brazos de su madre iba, ambos reclinados en el asiento de atrás.

Sus hermanas habían preferido permanecer en la casa: les costaba aparentar que creían en el relato de Kenyi y enmascarar las ganas de burlarse que el mismo les provocaba.


Una vez que pisaron la zona exacta donde, hasta una semana antes, se alzaban los sauces que Kenyi había fotografiado, comprobaron que los tres habían sido aserrados. Con estupor, los padres. Horrorizado, Kenyi. Apenas quedaban tres tocones, tres restos de los troncos. De la choza, ni noticias.

Kenyi se aferró al resto del tronco más chiquito y lloró como enloquecido, a la par que repetía el nombre de Midori. Poco después, un guardaparques les informó que, durante la jornada anterior, muchos árboles habían caído desplomados a manos de un grupo de obreros provistos de motosierras. -¿Que a qué hora exacta cortaron el sauce chiquito? Y... qué sé yo... Probablemente mientras yo me echaba mi siesta... porque cuando vine por aquí ya estaban talados. Se llevaron varios troncos. Son para una empresa papelera, creo.


Cuando se revelaron la gran cantidad de fotos que Kenyi le había tomado a Midori, la imagen de la niña no apareció en ninguna. Todas coloreadas de verde solamente.

Sí -y con toda su belleza- la del trío de sauces que el muchacho sacara instantes antes del temporal de aquel domingo.

Y Kenyi creció, convencido de que había sido su profunda fascinación por los árboles lo que había estimulado a las almas de esos sauces a corporizarse como seres humanos, a ofrecerle su amparo y el amor de Midori.

de Verde. Copyright © 2000 La Nación.

El famoso Yonofuí

¿Quién sacó el dragón
de mi galera?
- Yonofuí.

¿Quién desenredó
la enredadera?
- Yonofuí.

¿Quién sirvió mi té
en la regadera?
- Yonofuí.

¿Quién lió este lío
por aquí?
- Yonofuí.

Mano invisible,
toca por mí...
Pícaro duende
Que nunca vi;
sólo su apodo
pronto aprendí.

De cualquier modo
se esconde aquí...
Tiene la culpa de todo
El famoso Yonofuí...


La del once "Jota"

Cuesta creer que una abuela no ame a sus nietos, pero existió la viuda de R., mujer perversa, bruja del siglo veinte que sólo se alegraba cuando hacía daño. La viuda de R. nunca había querido a ninguno de los tres hijos de su única hija. Y mucho menos los quiso cuando a los pobrecitos les tocó en desgracia ir a vivir con ella, después del accidente que los dejó huérfanos y sin ningún otro pariente en océanos a la redonda. 

Durante los años que vivieron con ella, la viuda de R. trató a los chicos como si no lo hubieran sido. ¡Ah... si los había mortificado! Castigos y humillaciones a granel. Sobre todo, a Lilibeth -la más pequeña de los hermanos- acaso porque era tan dulce y bonita, idéntica a la mamá muerta, a quien la viuda de R. tampoco había querido -por supuesto- porque por algo era perversa ¿no? 

Luis y Leandro no lo habían pasado mejor con su abuela pero -al menos- sus caritas los habían salvado de padecer una que otra crueldad: no se parecían a la de Lilibeth y -por lo tanto- a la vieja no se le habían transformado en odiados retratos de carne y huesos. 

El caso fue que tanto sufrimiento soportaron los tres hermanos por culpa de la abuela que -no bien crecieron y pudieron trabajar- alquilaron un departamento chiquito y allí se fueron a vivir juntos.

Pasaron algunos años más. 

Luis y Leandro se casaron y así fue como Lilibeth se quedó solita en aquel 11 “J”, contrafrente, dos ambientes, teléfono, cocina y baño completos, más balconcito a pulmón de manzana.

Lili era vendedora en una tienda y –a partir del atardecer- estudiaba en una escuela nocturna.

Un viernes a la medianoche –no bien acababa de caer rendida en su cama– se despertó sobresaltada. Una pesadilla que no lograba recordar, acaso. Lo cierto fue que la muchacha empezó a sentir que algo le aspiraba las fuerzas, el aire, la vida. 

Esa sensación le duró alrededor de cinco minutos inacabables.

Cuando concluyó, Lilibeth oyó –fugazmente- la voz de la abuela. Y la voz aullaba desde lejos: 

-Lilibeth... Pronto nos veremos... Liiilibeeeth.. Liliii... Liliii....

La jovencita encendió el velador, la radio y abandonó el lecho. Indudablemente, una ducha tibia y un tazón de leche iban a hacerle muy bien, después de esos momentos de angustia. 

Y así fue.

Pero –a la mañana siguiente- lo que ella había supuesto una pesadilla más comenzó a prolongarse, aunque ni la misma Lili pudiera sospecharlo todavía. Las voces de Luis y Leandro –a través del teléfono- le anunciaron:

-Esta madrugada falleció la abuela... Nos avisó el encargado de su edificio... sí... te entendemos... Nosotros tampoco, Lili... pero... claro... alguien tiene que hacerse cargo de... Quedate tranquila, nena... Después te vamos a ver... Sí... Bien... Besos, querida.

Luis y Leandro visitaron el 11 “J” la noche del domingo. Lilibeth los aguardaba ansiosa.

Si bien ninguno de los tres podía sentir dolor por la muerte de la malvada abuela, una emoción rara –mezcla de pena e inquietud a la par- unía a los hermanos con la misma potencia del amor que se profesaban.

-Si estás de acuerdo, nena, Leandro y yo nos vamos a ocupar de vender los muebles y las demás cosas, ¿eh? Ah, pensamos que no te vendrían mal algunos artefactos. Esta semana te los vamos a traer. La abuela había comprado TV-color, licuadora, heladera, lustradora y lavarropas ultra modernos, ¿qué te parece? Lilibeth los escuchaba como atontada. Y como atontada recibió –el sábado siguiente- los cinco aparatos domésticos que habían pertenecido a la viuda de R., que en paz descanse. 

Su herencia visible y tangible (La otra, Lili acababa de recibirla también, aunque... ¿cómo podía darse cuenta?...¿quién hubiera sido capaz de darse cuenta?)

Más de dos meses transcurrieron en los almanaques hasta que la jovencita se decidió a usar esos artefactos que se promocionaban en múltiples propagandas, tan novedosos y sofisticados eran. Un día superó la desagradable impresión que le causaban al recordarle a la desamorada abuela y –finalmente- empezó con la licuadora. Aquella mañana de domingo, tanto Lilibeth con su gato se hartaron de bananas con leche. 

A partir de entonces comenzó a usar –también- la lustradora... enchufó la lujosa heladera con freezer... hizo instalar el televisor con control remoto y puso en marcha el enorme lavarropas. Este aparato era verdaderamente enorme: la chica tuvo que acumular varios kilos de ropa sucia para poder utilizarlo. ¿Para qué habría comprado la abuela semejante armatoste, solitaria como habitaba su casa?

A lo largo de algunos días, Lilibeth se fue acostumbrando a manejar todos los electrodomésticos heredados, tal como si hubieran sido suyos desde siempre. El que más le atraía era el televisor color, claro. Apenas regresaba al departamento –después de su jornada de trabajo y estudio- lo encendía y miraba programas de trasnoche. Habitualmente, se quedaba dormida sin ver los finales. Era entonces el molesto zumbido de las horas sin transmisión el que hacía las veces de despertador a destiempo. En más de una ocasión, Lili se despertaba antes del amanecer a causa del “schschsch” que emitía el televisor, encendido al divino botón. 

Una de esas veces –cerca de la madrugada de un sábado como otros- la jovencita tanteó el cubrecama –medio dormida- tratando de ubicar el control remoto que le permitía apagar la televisión sin tener que levantarse.

Al no encontrarlo, se despabiló a medias. La luz platinosa que proyectaba el aparato más su chirriante sonido terminaron por despertarla totalmente. Entonces la vio y un estremecimiento le recorrió el cuerpo: la imagen del rostro de la abuela le sonreía –sin sus dientes- desde la pantalla. Aparecía y desaparecía en una serie de flashes que se apagaron de pronto tal como el televisor, sin que Lilibeth hubiera –siquiera- rozado el control remoto. A partir de aquel sábado, el espanto se instaló en el 11 “J” como un huésped favorito.

La pobre chica no se animaba a contarle a nadie lo que le estaba ocurriendo.

-¿Me estaré volviendo loca? –se preguntaba, aterrorizada. Le costaba convencerse de que todos y cada uno de los sucesos que le tocaba padecer estaban formando parte de su realidad cotidiana.

Para aliviar un poquito su callado pánico, Lilibeth decidió anotar en un cuaderno esos hechos que solamente ella conocía, tal como se habían desarrollado desde un principio.

Y anotó –entonces- entre muchas otras cosas que...

“La lustradora no me obedece; es inútil que intente guiarla sobre los pisos en la dirección que deseo...(...) El aparto pone en acción “sus propios planes”, moviéndose hacia donde se le antoja...(...) Antes de ayer, la licuadora se puso en marcha “por su cuenta”, mientras que yo colocaba en el vaso unos trozos de zanahoria. Resultado: horrendas sorpresas (...) Encuentro largos pelos canosos enrollados en los alimentos, aunque lo peor fue abrir el freezer y hallar una dentadura postiza. La arrojé por el incinerador...(...) La desdentada imagen de la abuela continúa apareciendo y desapareciendo –de pronto- en la pantalla del televisor durante las funciones de trasnoche...(...) Mi gato Zambri parece percibir todo (...) se desplaza por el departamento casi siempre erizado (...) Fija su mirada redondita aquí y allá, como si lograra ver algo que yo no (...) El único artefacto que funciona normalmente es el lavarropas... (...) Voy a deshacerme de todos los demás malditos aparatos, a venderlos, a regalarlos mañana mismo... (...) Durante la siesta dominguera, mientras me dispongo a lavar una montaña de ropa...”

(AQUI CONCLUYEN LAS ANOTACIONES DE LILIBETH ABRUPTAMENTE, Y UN TRAZO DE BOLIGRAFO AZUL SALE COMO UNA SERPENTINA DESDE EL DINAL DE ESA “A” HASTA LLEGAR AL EXTREMO INFERIOR DE LA HOJA.)

Tras un día y medio sin noticias de Lili, los hermanos se preocuparon mucho y se dirigieron a su departamento.

Era el mediodía del martes siguiente a esa “siesta dominguera”.

Apenas arribados, Luis y Leandro se sobresaltaron: algunas vecinas cuchicheaban en el corredor general, otra golpeada a la puerta del 11 “J”, mientras que el portero pasaba el trapo de piso una y otra vez. 

-No sabemos qué está pasando adentro. La señorita no atiende el teléfono, no responde al timbre ni a los gritos de llamado... Desde ayer que...

Agua jabonosa seguía fluyendo por debajo de la puerta hacia el corredor general, como un río casero.

Dieron parte a la policía. Forzaron la puerta, que estaba bien cerrada desde adentro y con su correspondiente traba. Luis y Leandro llamaron a Lili con desesperación. La buscaron con desesperación y –con desesperación- comprobaron que la muchacha no estaba allí.

El televisor en funcionamiento –pero extrañamente sin transmisión a pesar de la hora- enervaba con su zumbido.

En la cocina, “la montaña” de ropa sucia junto al lavarropas, en marcha y con la tapa levantada.

Medio enroscado a la paleta del tambor giratorio y medio colgando hacia fuera, un camisón de Lilibeth; única prenda que encontraron allí, además de una pantufla casi deshecha en el fondo del tambor. 

El agua jabonosa seguía derramándose y empapando los pisos. 

Más tarde, Luis ubicó a Zambri, detrás de un cajón de soda y semi-oculto por una pila de diarios viejos. El animal estaba como petrificado y con la mirada fija en un invisible punto de horror del que nadie logró despegarlo todavía (se lo llevó Leandro).

El gato, único testigo.

Pero los gatos no hablan. Y a la policía, las anotaciones del cuaderno de Lilibeth le parecieron las memorias de una loca que “vaya a saberse cómo se las ingenió para desaparecer sin dejar rastros”... “una loca suelta más”... “la loca del 11 Jota”... como la apodaron sus vecinos, cuando la revista para que yo trabajo me envió a hacer esta nota.


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