Héctor Tizón

 

Extraño y pálido fulgor

Notable relato cuyos héroes buscan la dignidad
Letanías en la espesa selva de lo real

La desolada y única escena hacia donde confluye todo el pathos de esta admirable novela de Héctor Tizón ubica a su lector en el territorio ríspido de la desilusión, del desengaño. Un viajante de comercio que quiso ser poeta y soporta el tedio invariable de los pueblos que debe recorrer mientras evoca el pasado y el presente de una vida amarga se enamora, por carta, de una joven que en su infancia fue violada rutinariamente por su padrastro y, desde entonces, descree de toda otra oportunidad. Los dos ejercen el hábito de la resignación, la disciplina de la renuncia, como si en algún momento hubiesen sospechado que el azar o el destino los elegió para ser ignorados, para callar y pasar perfectamente inadvertidos. Ella se llama Clara y él, a quien su ex mujer y su excéntrico patrón han despojado de identidad a fuerza de quitarle méritos o de atribuirle cualquiera, es apenas un hombre. Ese hombre despojado de todo rasgo adopta los de un fantasma: Juan Fernández, un atormentado que terminó colgándose de un álamo, dejando trunca la correspondencia amorosa con una mujer a la que no llegó a conocer y que no es otra que Clara. El hombre descubre, entre las páginas de un libro que el suicida dejó en un hotel, la última carta que ella le envió y decide responderle. El hombre cree ser el único impostor; pero Clara ha tomado el lugar de una amiga, Alina, que había iniciado el intercambio epistolar como un juego y firmaba con un nombre falso. La simetría de la historia es sólo aparente: para el hombre, el hallazgo de esa carta es la ocasión genuina de cambiar de vida (al fin y al cabo Juan Fernández es la isla en donde naufragó Robinson Crusoe: un emblema de la aventura y al mismo tiempo de la soledad); pero Clara nunca pudo ir más allá del sentimiento de culpa y de rechazo que le provocan los hombres y no termina de creer que el encuentro con su enamorado sea posible. Y toda la novela, en su sinuosa y renuente asimetría, va a desembocar en la asordinada e incierta escena de ese encuentro.

En su modo de narrar, todo gran escritor propone no sólo una visión del mundo sino también una ética y una teoría del conocimiento posible de ese mundo, que para algunos es ancho y ajeno y para otros, más lúcidamente escépticos, selva espesa de lo real. Tizón, habitante de esa selva oscura, parece creer cada vez en menos cosas -ni el trabajo, ni la vida en común, ni el amor, ni la religión resarcen a la criatura humana de su infinita orfandad-; y sus pocas certidumbres están en las antípodas del lugar común, los recetarios de felicidad o los consejos aleccionadores. Para Tizón, el sinsentido de la vida, la opacidad del mundo y la oscuridad de nuestros afanes no justifican ni el heroísmo ni el cinismo: estimulan la búsqueda de una sabiduría sensata, una dignidad sin estridencias que cada uno debe aprender desde la circunstancia concreta de su propia vida. Esa sabiduría puede provenir de las esferas de la experiencia previamente recusadas -el amor, el trabajo, la comunidad, la religión- siempre y cuando sepamos descascararlas de dogmatismo y no abrazarlas como una fe sino revisarlas como un conjunto de verdades relativas que, en cada caso, deben probar su pertinencia. 

La única huella de esa visión del mundo, de su ética y su gnoseología admirablemente implícitas, es el tintineo intermitente de frases de tono sentencioso, que impugnan con maestría cualquier posible intento de ser leídas como universales porque justifican la necesidad específica de su presencia en momentos muy precisos de la novela. Al trabajar el lenguaje como un material que parece extraído del mundo mismo, al escribir directamente sobre el hueso de las cosas tallando sobre él sus pocas certezas, éstas nunca resultan jactanciosas porque están hechas, como sus personajes, de incontables renunciamientos. El efecto es demoledor porque el enunciado epigramático pierde su condición de frase hecha, de fruta disecada, para volver a encarnar la verdad de una experiencia; y porque, al final de la lectura, descubrimos que esas frases se limitaban a entonar, entre agujeros de silencio, saltos en el tiempo y cabos deliberadamente sueltos, la canción de todo relato, una letanía que sólo puede salvarnos por la belleza de su música y que, como en el poema de Eliot, tiene más de suspiro que de explosión. 

Guillermo Saavedra

 

Copyright © 1999 La Nación | Todos los derechos reservados

 

última modificación -